Caza de subsistencia

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Apuntes de El Ponderal 2: 49-52

La caza como medio de subsistencia en Hoyo de Manzanares

Eulogio Blasco y Felipe Moreno  Asociación Cultural El Ponderal

Hoyo de Manzanares, debido a su orografía y ecosistema ideales para la proliferación de fauna de interés cinegético, ha estado desde tiempos remotos marcado por la práctica de la caza.

Documentación histórica atestigua que, ya en el año 1342 (Alfonso XI), todo o al menos parte del término que al día de hoy pertenece a Hoyo de Manzanares era cazadero real. Ello prueba que abundaban las piezas de caza tan codiciadas por los lugareños, ya que les eran absolutamente necesarias para incrementar los pocos ingresos que obtenían cultivando un terreno pobre o pastoreando algo de ganado, así como con los cerdos y gallinas que solía haber en todas las casas. Era su única forma de subsistir, pues no abundaban los puestos de trabajo: la única tarea remunerada consistía en cortar y transportar leña y piedra de forma esporádica.

Era bien sabido en el pueblo que los habitantes de Hoyo siempre necesitaron sortear  prohibiciones y restricciones para poder cazar en su término municipal. Así, durante la mayor parte del siglo pasado, aprovechando los días más inclementes y en pequeños grupos familiares -o al menos de mucha confianza-, se adentraban en los límites del monte del Pardo para conseguir alguna pieza de caza mayor que descuartizaban para transportarla hasta el pueblo. Por coincidir con la época de la matanza, utilizaban estas piezas para incrementar la producción de embutidos, pues mezclaban la carne de las reses abatidas con la del cerdo sacrificado. Ello conllevaba un gran riesgo personal, pues estaba fuertemente castigado cazar cualquier pieza considerada propiedad del Pardo.

Pero lo que realmente tuvo mayor repercusión en la economía de Hoyo fue la caza del modesto conejo que tanto abundaba en nuestros montes, ya que prácticamente todos los habitantes, independientemente de su profesión, sacrificaban su tiempo libre con el fin de cazar algún conejo que sirviera como complemento a los escasos salarios que percibían.

Períodos de caza

En Hoyo se cazaba todo el año pero, a partir del mes de diciembre, descendía esta práctica y ello por dos razones: primero, porque solían escasear los conejos y no merecía la pena realizar el esfuerzo de salir de caza para no conseguir ninguna pieza; después, porque era época de reproducción y se corría el riesgo de cazar alguna hembra preñada o en periodo de cría, con lo que se hacía mucho daño al desarrollo de la especie. Más tarde, entrada la primavera, solía haber otra vez mucha caza debido a las crías nacidas y a que, con la superpoblación de animales en El Pardo, los conejos venían hasta Hoyo en busca de comida y de apareamiento, por lo que volvía a completarse el ciclo.

Métodos más usuales

Para conseguir su objetivo,  algunos se valían de lazos: los colocaban en las trochas que frecuentaban los conejos, los revisaban diariamente antes de empezar su jornada de trabajo, recogían las piezas que hubieran atrapado y volvían a poner los lazos en condiciones de volver a cazar. Después, cada 15 días desplazaban los lazos de lugar -tarea propia de domingos por tener más tiempo disponible- y solían cambiar alternativamente la mitad una semana y la otra mitad la siguiente.

lazo
Lazo par la caza de conejos 8https://lobonegrosupervivencia.wordpress.com). Con permiso solicitado.

Otros metían un hurón (al que llamaban “el bicho”) dentro de los vivares y colocaban los capillos en las bocas para atrapar a los conejos que trataban de huir, de forma que se enredaran y entonces pudieran recogerlos y matarlos.

Aquéllos cuyo trabajo consistía en cuidar del ganado en el campo – pastores y cabreros- llevaban el “alambre” que utilizaban para sacar los conejos de las rajas de las piedras: los perros que acompañaban al ganado señalaban dónde se habían escondido los conejos, los cazadores daban vueltas al alambre que previamente habían machacado en la punta con una piedra para que al contacto con la piel del conejo “hilara”, esto es ,se enganchara para poder tirar  de él y obligarle así a salir.

También había quien cazaba con escopeta, generalmente del calibre 16 y de un solo disparo, aunque también las tenían de dos disparos o del calibre 12. Algunos de estos cazadores, para ahorrar costes, fabricaban sus propios cartuchos: compraban por separado los detonadores, la pólvora, los perdigones y los tacos, aunque algunas veces hasta prescindían de estos últimos sustituyéndolos por papel de periódico prensado.

Para cazar existían distintas modalidades: “al salto”, paseando por el campo con el perro y disparando a los conejos que salieran al pasar cerca de ellos; “en mano”, cuando dos o más cazadores avanzaban a la par para cubrir más terreno y poder disparar a los conejos que huían de los perros que les acompañaban; “de espera”, camuflándose frente a un vivar, a suficiente distancia para que pudiera ser efectivo el disparo y siempre de cara al viento; esto, si se hacía al amanece, se llamaba “de entrada” pues esperaban a los conejos que venían a refugiarse en los vivares, y  “de salida” si, al anochecer, aguardaban a la caza que salía de los vivares para comer o defecar; “de luna”, cuando aprovechaban para disparar en plena noche la luz que despedía la luna llena en estas modalidades.

Incluso para rentabilizar aún más los cartuchos, a veces esperaban a que se juntaran dos o más conejos con la esperanza de matarlos de un solo disparo. Cuentan que para dificultar esta modalidad, hubo un guarda de los vedados en montes públicos que, al alba y al crepúsculo, se paseaba por el campo haciendo sonar una esquila con el fin de que los conejos se encerraran en los vivares; por eso a ese guarda le apodaron “el Tío Cencerra”.

Otra herramienta que se utilizaba para cazar era el cepo, que se solía poner al atardecer en los “cagarruteros” para quitarlo al amanecer con el fin de evitar que lastimara a personas o mascotas o que fuera sustraído. Dado que este artilugio apareció a mediados del siglo XX, poco antes de la irrupción de la mixomatosis, que tanto diezmó a los conejos, y en una época en la que había más trabajo, no tuvo tanta relevancia en la caza de subsistencia, a pesar de ser mucho más efectivo que el lazo.

cepo
Cepo o trampa para cazar conejos .Frobles. (https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Cepo_o_trampa_para_cazar_conejos.jpg )

Manipulación y conservación

La carne de caza es muy vulnerable, especialmente la conseguida por disparo. Cuando no existían aún los frigoríficos, los cazadores seguían una serie de pautas que reflejan expresiones como “conejo matao conejo estripao”: si dejaban los intestinos dentro de la pieza, con el calor ésta se hinchaba y reventaba estropeando la carne. Pero muchas veces no había tiempo, así que era necesario llevar los conejos con sus tripas para no mancharse con la sangre y  esconderlos entre las ropas para que no fueran denunciados. Por esa razón, a los conejos que cogían vivos los mataban torciéndoles un poco el cuello de forma que solo quedara un pequeño hematoma y no se golpearan detrás de las orejas, lo cual hacía que sangraran por las fosas nasales.

Generalmente “apiolaban” a los conejos para colgárselos del cinturón y no perderlos. Cuando cazaban por la mañana y no podían volver a casa hasta la tarde, solían buscar el cauce seco de algún arroyo donde enterrar el conejo en arena con el fin de que estuviese fresco y no le “cagara la mosca” y se llenara de gusanos: ponían el conejo bien estirado y boca abajo para que no le entrara arena y estuviera limpio cuando lo recogieran.

Consumo y rentabilización

Cuando había más oferta que demanda y la caza no tenía mercado, ésta se consumía en los domicilios de los cazadores siendo en muchos casos la única carne que se utilizaba, incluso en el tradicional cocido. Si cazaban más de lo que podían consumir en el día, la carne sobrante era escabechada para conservarla y aprovecharla después.

En verano, cuando venían visitantes que solían comprar conejos, los cazadores conseguían mayores ganancias. Finalmente, existió también la figura del “sacador”: alguien que compraba los conejos a los cazadores y los llevaba a establecimientos de Madrid que los comercializaban de forma que este  intermediario sacara una comisión.

Y así, de una y mil formas, la caza, escondida o no, sirvió para alimentar a los vecinos de Hoyo de Manzanares.

Bibliografía

Alfonso XI Libro de la montería que mando escrevir el muy alto y muy poderoso Rey Don Alonso de Castilla y de Leon, último deste nombre. Editado por Gonzalo Argote de Molina. Edición facsímil de la de Sevilla, Andrea Pescioni 1582.