Apodos

pdf

Apuntes de El Ponderal 2: 65-70

Los apodos de Hoyo de Manzanares

Pedro Tenorio. Filólogo hispanista.

A mi madre, Matilde,

que a sus  89 años  es más Cuca

que cuando la parió la Nana

El estudio de los apodos (o los motes) es uno de los de mayor interés dentro de la onomástica o antroponimia. Se diría que incluso para la antropología, porque ya se sabe que un pueblo es un paisaje y su paisanaje.

En este artículo proponemos un acercamiento clasificatorio y una relación comentada de los más de seiscientos apodos recogidos por José González Fernández (“el Grillo”) en Hoyo de Manzanares, un pueblo de la sierra madrileña de Guadarrama [1].

Grillo y Churrero
El Grillo y el Churrero, durante la presentación del libro “Flora silvestre de Hoyo de Manzanares”, obra del Grillo, patrocinada por el Churrero (https://cosasdehoyo.com)

Introducción

Desde siempre, desde que los seres humanos conviven en forma grupal, se ha hecho necesaria la nominación individualizadora (sobre todo la que sirve para referirse a las terceras personas, esas que no son el hablante ni el oyente), con un nombre que les distinga. Recordemos aquella escena cinematográfica en la que Jane enseña a Tarzán cómo han de llamarse mutuamente: Yo Jane, tú Tarzán.

Ya se sabe que no existen los sinónimos absolutos.[2]  y que no es lo mismo “apodo” que “alias”, “sobrenombre”, “mote” o “seudónimo”.   Cada uno tiene un matiz, sobre todo psicológico, que lo distingue.

Las fronteras conceptuales a veces se confunden. María Moliner, por ejemplo, define en su Diccionario de uso del español:

Apodo. “Mote”. “sobrenombre” aplicado a veces a una persona, entre la gente ordinaria, y muy frecuentemente en los pueblos, donde se transmite de padres a hijos.

Mote (del francés “mot”, palabra, frase breve). Apodo, sobrenombre, generalmente alusivo a alguna cualidad, semejanza o circunstancia de la persona a quien se aplica, por el que se conoce a esa persona. Especialmente usado en los pueblos, que pasan de padres a hijos y, generalmente, no son tomados como ofensivos”.

Así, en este cajón de sastre, conviene ir diferenciando.

Onomástica: clasificación

Nos interesa distinguir dentro de la onomástica dos categorías: los nombres hipocorísticos, familiares; y otros  apelativos por los que una persona es conocida por todo el grupo de vecinos.

Pretenderemos matizar estos conceptos y así hablaremos de:

Onomástica:

  • Nombres propios
  • Hipocorísticos: deformaciones, apócopes, aféresis, diminutivos…
  • Otros apelativos: apodos, motes, alias, sobrenombres, seudónimos, epítetos…

Nombres propios

En España los nombres, tanto los oficiales (que figuran en el registro civil) como los de pila o bautismales, suelen ser hagiónimos, es decir, proceden del santoral. A su vez, estos pueden tener su origen geográfico; así los vascos  como Javier (de echaverri = casa nueva); los arameos como Tomás, Marta; los hebreos, como Susana (lirio)… ; los griegos como Elena, Irene… ; los latinos  como muchos que terminan en –io: Antonio, Emilio, Julio; los visigóticos como Bermudo o Ramiro, y así de muy distintas procedencias.

Los nombres propios tienen un origen y un significado, aunque generalmente se desconozca; por ejemplo “Matilde” deriva de las palabras alemanas “Math” y “Hild”, que se traducen respectivamente como “guerrero” y “valiente”. “Oscar” es de origen germánico y viene a significar “Lanza Divina”. Pero la elección de estos nombres es arbitraria. A ningún padre o madre se le ocurre pensar en su significado original a la hora de bautizar a la criatura con un nombre como Sergio (del latín “sergius” o guardián).  La elección generalmente se justifica por algún antecedente familiar o por mímesis con los nuevos héroes, los iconos de la fama: por ejemplo, ahora hay muchos más Iker, que antes de que se hiciera famoso Casillas como portero de un equipo de fútbol.

Morfológicamente, se considera vulgar en castellano la anteposición de un artículo al nombre propio (la Juana*, el Antonio*). En esto coincide con los hipocorísticos (el Chuso*, el Josefo* son incorrecciones gramaticales).

Hipocorísticos

Dice de ellos la academia:

Del gr. ὑποκοριστικός hypokoristikós ‘acariciador’.

  1. adj. gram. Dicho de un nombre: Que, en forma diminutiva, abreviada o infantil, se usa como designación cariñosa, familiar o eufemística; p. ej., Pepe, Charo. u. t. c. s. m. (Real Academia Española)

Es  una nominación familiar,  de grupo de conocidos o de círculo de amigos (hipo= pequeño, coro = grupo), por ejemplo Chuchi  (contracción de Jesús o Jesusa, que también daría Chusa o Chuso); Mamen fusión de Ma (–ría del Car‐) men;  Manolo, de Manuel (Manuel >Manuelo > Manolo, porque o > ue, como porto da puerto); Perico, diminutivo de Pedro > Pero (el más conocido fue “el Grullo”),  y otros, como Chisco (de Francisco) o Paco y Curro que no se justifican etimológicamente. Se trata de deformaciones del nombre propio a partir de apócopes (“Agus”, de Agustín, “Beni” de Benito), aféresis (“Jandro” de Alejandro), contracciones (“Avo” de Álvaro), diminutivos (en –ito: “Alvarito”,  o en –in: “Angelín”, “Pedrusquín”, “Armandín”; en –ulo: “Carulo”, de Carlos y en –icho,: “Javichu”, en –uja: “tía Pepuja”).

Hemos observado incluso acrósticos, como AJ o “Ajota” (de Ángel Jesús), y por supuesto, “Pepe”, de las siglas P.P. (de padre putativo, que se atribuyen en la Biblia a San José).

Otros apelativos

Frente a la clasificación anterior, nos referiremos ahora a los apodos, motes, sobrenombres, alias…, generalmente asociados al mundo rural. Éstos aluden a la nominación grupal, no a la familiar o cariñosa, sino al nombre por el que todos los paisanos conocen al nombrado, nombre que además no deriva del que figura en el registro o en de la pila bautismal.

A este respecto conviene señalar que también suele tener un apodo el conjunto de los paisanos de un pueblo. Así decimos que los hoyenses son “Cucos”, como son “Gatos” los madrileños.

A diferencia de los nombres propios y de los hipocorísticos, que desde una perspectiva semántica son arbitrarios es decir que la elección del nombre es inmotivada, estas otras apelaciones, a las que por oposición podríamos llamar “hipercorísticas”, tienen una significación justificada, aunque el origen del apodo sea desconocido al cabo de varias generaciones. No es raro encontrar supuestos en los que el apodo está tan arraigado que los vecinos desconocen el nombre de la persona apodada.

Apodos

Apodo: 1. m. Nombre que suele darse a una persona, tomado de sus defectos corporales o de alguna otra circunstancia. Real Academia Española

“Apodo” es el nombre que suele darse a una persona, en sustitución del propio.

“Apodo” procede del latín “apputare” (comparar, evaluar y de ahí reputado o llamado). De esta comparación, de esta evaluación surgen audaces metáforas, auténticas caricaturas verbales atendiendo a diferentes circunstancias:

a) Características físicas, como “Patas‐cortas”, “el Bizco”, “el Pelos‐rufos” o de carácter: “el Vinagre”. (No sé si aquí cabe el apodo “el Nazi”)

b) Profesión o actividad económica (aptónimo), como ”el Bombero”, “el Forestal”, “el Pincha‐culos” (supongo que por ser el practicante), “el Chispa” (por su relación con la electricidad), “el cocinero”, suponemos que también “el Vodafone” y hasta “El cura” .

c) Referidos al reino vegetal: “Almendrita”, “Banano”, o al animal: “Grillo”, “Araña”, “Grajo”, “Búho”, “Conejito”, “Búfalo”, Rata”, “Rana”…

d) Guisos y Comidas: “Albóndiga”, “Bacalailla”, “Pollo”, “Tarta”, “Caramelo”.

e) Famosos por ser futbolistas, cantantes, o personajes de ficción: “Karenbé”, “Mijatovic”, “El Fari”, “Colombo”, “Correcaminos”, “Popeye”, “Wally” y hasta “el Quijote” (éste tanto por su aspecto como por sus aficiones culturales). O “Romanones” y “el Kisinguer”, entre los políticos.

f) Condición social “el Pobre” y “el Rico”.

g) Raros y curiosos: “el Imposible”, “el Vendible”.

Nos ha llamado la atención de los que empiezan por la palatal “che”, como “Chino”, “Chirla”, “Chochi”… Así hasta 30 apodos, desde “Chacachá” hasta “Chuwaka”, que la cierra.

Hay apodos individuales (“la Joyita”) y familiares (“los Chaqueta”, “Alcolea”, “Cano”, “Ñitos”, “Carcanal” y otros.

Y los hay simples (el Orejas”) y compuestos: “el Busca‐temas”, “el Dos‐de-ases”, “el Tres‐bolas” o “el Tres‐pies”. Y hay el doble apodo: “el Gordo Chaqueta” para distinguirlo de otros “Gordos”, como “el Gordo Estanquero” o “el Gordo Geñeñe”.

De los individuales, los más simples son los que consisten en anteponer un “tío” cariñoso al nombre propio, como “el tío Cojonudo”, “el tío Cristo”, ”el tío  Estampa‐fina”, “el tío Pitorreal” y así hasta 67 tíos que aparecen en la relación . Esta fórmula se aplica también a la mujer: “la tía Pepuja”, “la tía Estirá”, “la tía Chaparra”, “la tía Céntima” y otras tías reseñadas.

Los apodos suelen reservarse para los hombres. En el caso de aludir a mujeres se tiende a decir el nombre y se la relaciona con el apodo o el hipocorístico del marido (Mari, la de Curro). Pero también los hay directamente dichos en femenino, como “la Grillo”, que sería la de “el Grillo” o “la Pastora”, seguramente aplicado a la hija o la mujer de “el Pastor”.

Pero puede ocurrir que un apodo de género femenino se aplique a un hombre, como “Torta”, o “Albóndiga” o “la Pela”, (seguramente referido a la antigua peseta).

Motes

Mote: Del occit. o fr. mot ‘palabra, dicho’.1 m. Sobrenombre que se da a una persona por una cualidad o condición suya.  (Real Academia Española)

Mote, del francés “mot” (palabra, apelación). Prácticamente no se distingue de apodo salvo en tener un matiz despectivo, como “Nasón” porque los Nasones romanos (Publio Ovidio es el más conocido)  eran narigudos.

Normalmente los apodos dependen del ingenio de aquel a quien se le ocurrió y no suelen ser malintencionados. Tampoco lo lleva mal, o lo lleva con resignación, el que lo “sufre”.

Algunos hay que señalan taras como “el Pata‐rota”, “el Patas‐cortas”, “la Tuerta”, “Cuello‐torcido”, “el bizco”.

Otros son directamente malsonantes y ofensivos: “Boca‐chocho”, “el o la Chochi”, “el Borracho, ”la Borracha”, “el Cagón” o el Cavernícola”

Sabemos el origen de alguno de estos hipocorísticos, como el ya citado “Logín”, diminutivo de Eulogio (aunque era muy alto), o del apodado Pepe “el Grillo”, porque los Reyes Magos le regalaron el cuento de Pinocho. Sería curioso conocer la procedencia de cada uno, por ejemplo un “Curro” que, aunque se llame Francisco, del cual nos explica que su madre le llamaba “cuscurrito de pan”.

Alias, sobrenombres, epítetos, apelativos y seudónimos

Relacionados con los anteriores, con sus correspondientes matices pueden ser los alias, del latín “alias”, otro, o sea  (otro nombre). Un alias suele estar asociado con el mundo del hampa o de la clandestinidad con el fin de ocultar el nombre propio.  Así, por ejemplo, Jorge Semprún, que fue ministro de cultura, era conocido como “Federico Sánchez” en su época clandestina. Los sobrenombres (Juana la Loca), los epítetos (la Faraona), los apelativos (el Manco de Lepanto), los pseudónimos (Azorín, de J. Martínez Ruiz),  pero estos ya se alejan de la clasificación de los términos que nos interesan, que son los relativos al mundo rural.

Ñitos
Ñitos, abajo a la izquierda, encabezando el equipo de fútbol 7 “El Cisne de Chelo”, junto con Barreto, Verdú, Gonzalo, Amin, Ruseau, Victor , Andrés, Juanín, Olalla, Félix, César y Albertito (https://cosasdehoyo.com)

Conclusión

Aprovechando el rico patrimonio antroponímico de Hoyo de Manzanares que en estos años han rescatado “el Grillo”, “Ñitos” y otros contertulios de la Peña de “La Caldereta”, y antes de que su riqueza se vaya difuminando, hemos pretendido dejar constancia de uno de los aspectos folclóricos menos conocidos, para que las próximas generaciones de  “Cucos” sepan algo más de sí y del porqué así son o así se llaman.

Por otro lado, y siendo consciente del atrevimiento, sugiero que alguien con mayor autoridad propusiera un término que englobara a aquellos que hemos llamado en nuestra clasificación onomástica “Otros apelativos”. Se me ocurre que, frente a los hipocorísticos (o pequeño grupo, esos apelativos más familiares), haya una nueva denominación, más grupal que la del reducido grupo de la familia, y que sea la de “hipercorísticos”, que se referiría al nombre por el que todos los vecinos conocen y llaman a una persona.

NOTAS

(1) Todos los ejemplos de que nos valemos, excepto los nombres propios, están tomados de la relación de apodos incluidos en el trabajo coordinado por José González Fernández “El Grillo”, en colaboración con “Ñitos” y la Peña “La Caldereta”. El listado de apodos y su correspondencia con sexo, año aproximado de nacimiento y, cuando ha sido posible, con otros datos que permiten su identificación, se ha volcado en una base de datos que permanece bajo la custodia de la Asociación Cultural El Ponderal, disponible para ulteriores investigaciones.

(2) Un buen ejemplo sería este diálogo entre Rubén y El Marqués en Luces de Bohemia, de Valle‐Inclán: “RUBÉN.‐ ¡Es pavorosamente significativo que al cabo de tantos años nos hayamos encontrado en un cementerio! / EL MARQUÉS: En el camposanto. Bajo ese nombre adquiere una significación distinta, querido Rubén. / RUBÉN ‐ Es verdad, ni cementerio ni necrópolis. Son nombres de una frialdad triste y horrible, como estudiar gramática. Marqués, ¿qué emoción tiene para usted necrópolis? /  EL MARQUÉS.‐ La de una pedantería académica. / RUBÉN.‐ Necrópolis, para mí es como el fin de todo. Dice lo irreparable, lo horrible, el perecer sin esperanza en el cuarto de un hotel. ¿Y camposanto? Camposanto tiene una lámpara”.

VALLE INCLÁN, Ramón María del (1924). “Luces de Bohemia” Paradimage Soluciones (2015). Edición Digital. Escena XIV: páginas 112-113

BIBLIOGRAFÍA

Este artículo sigue la línea de otros como:

GARCÍA ARANDA, M. Ángeles (2000). “El apodo en Villacañas (Toledo): historias de un pueblo” ELUA. Estudios de Lingüística (14): 7592

PALENZUELA RODRÍGUEZ, Ana (2017) “Apodos en Icod de los Vinos”. Trabajo de Fin de Grado de Maestro en Educación Primaria. Universidad de La Laguna. https://riull.ull.es/ xmlui/handle/915/5814

RAMÍREZ MARTÍNEZ,  Jesús. (2004) “Aprovechamiento educativo y didáctico de los apodos del Campo de Cartagena” Revista Murciana de Antropología (11): 261‐271.

RAMÍREZ MARTÍNEZ, Jesús (2011) “El uso social de los apodos como discurso sintético en las sociedades rurales” Sociedad y Discurso 19: 49‐71

REBOLLO TORIO, M. Ángel (1993) “El apodo y sus características” Anuario de Estudios Filológicios 16: 343‐350.

VAL SÁNCHEZ, José Delfín (1981) “Apodos, motes y cognomentos”.  Revista de Folklore. Tomo 1a. Núm. 3: 3‐13