Editorial

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Apuntes de El Ponderal 2: 1-2

Editorial

Lucía Villaescusa. Asociación Cultural El Ponderal

A Leonor Arenas Ybarra

Leonor

Abrimos este número de Apuntes de El Ponderal orgullosos de haber podido reunir hasta once artículos, en los que han participado doce autores y veintiocho revisores. A todos ellos agradecemos haber dedicado su tiempo y esfuerzo en esta labor.

Cuando, tras trabajar como voluntarios codo con codo en el yacimiento de La Cabilda, decidimos crear la Asociación Cultural El Ponderal, hace ya más de cuatro años,  no teníamos muy claro hacia dónde íbamos a ir, aunque sí teníamos claro que compartíamos una inquietud. Esa inquietud estaba relacionada con dos cosas, la curiosidad por saber más sobre nuestro entorno por un lado; y el trabajo en equipo y la colaboración por otro.

Los catorce fundadores de El Ponderal éramos personas curiosas, lo suficiente como para hincar nuestras rodillas en el suelo para buscar lo que la tierra escondía. Las respuestas, como en toda investigación, vinieron en forma de más preguntas, que son las que aún hoy nos mueven,  nos motivan, y parecen no tener fin, sobre todo teniendo en cuenta que a esos primeros “ponderales” se han ido uniendo más curiosos, hasta acercarnos al medio centenar.

La pregunta oportuna genera un desequilibrio en quien la recibe, que le permite movilizarse en búsqueda de información, de aprendizaje. El refrán dice que “la paciencia es la madre de la ciencia” pero parece más acertado pensar que es la curiosidad la que lleva a indagar, investigar, querer saber. Ese querer saber en nuestro caso, tiene que ver con nuestro entorno más próximo, con los paisajes que nos rodean y con la cultura, en el sentido más amplio.

La cultura, nos dice la UNESCO, es el conjunto de los rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad o a un grupo social, abarcando, además de las artes y las letras, los modos de vida, las maneras de vivir juntos, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias”.

Así, en este número de la revista, extendemos los temas tratados, de modo que podemos hacernos una imagen bastante amplia de cuáles eran esos modos de vida en Hoyo en el pasado, o más bien en “los pasados” de Hoyo.

Nos remontamos al siglo VII para preguntarnos qué lengua era la que hablaban los habitantes de la aldea de La Cabilda, permitiéndonos imaginar de forma más vívida a quienes vivían en las faldas de nuestra sierra en la época de dominación visigoda. En el siglo XIV, a través de los nombres que los hoyenses pusieron a los accidentes geográficos que veían en el paisaje, podemos recorrer los mismos montes por los que hoy paseamos y que antaño fueron utilizados como escenario de cacerías reales.

Las alcabalas que los hoyenses pagaban en los siglos XVI y XVII, nos permite saber cuáles eran los bienes que gravaba este tipo de impuestos, permitiéndonos conocer cuáles eran los productos que daban estas tierras serranas. Ya en el siglo XVIII, gracias al estudio del Catastro de Ensenada, obtenemos un retrato bastante preciso del pueblo, con los diversos usos del suelo y las actividades económicas a las que se dedicaban los, por aquel entonces, 95 vecinos que vivían en Hoyo, con los apellidos de las familias, algunos de los cuales, se mantienen en el presente.

El cercano siglo XX es retratado a través de varios artículos de nuestros colaboradores. Los numerosos cambios que se produjeron en el siglo pasado, con transformaciones socioeconómicas de gran calado, son recogidos en trabajos sobre obras civiles -la evolución del saneamiento de aguas, la adquisición del reloj que aún hoy corona la torre del Ayuntamiento y la creación de la primera biblioteca del pueblo- cuya ejecución fue cambiando el pueblo hasta acercarlo a como lo conocemos en la actualidad. Pero también en trabajos sobre los modos de subsistencias de los vecinos, que aprovechaban todo lo que les daba el monte para incrementar los bajos ingresos que en general tenían. Un monte rico en especies cinegéticas y especialmente generoso en conejos, que eran cazados por los habitantes del pueblo para complementar sus comidas. Parte de esos montes eran vigilados por guardas, que debían velar por que el aprovechamiento colectivo mantuviese un orden.

El paisaje montañoso y pedregoso de Hoyo, donde se desarrollan todas estas historias, supera el que podría ser un simple papel secundario, de decorado, tomando el protagonismo y convirtiéndose en seña de identidad. Seguro que así lo entendió Aureliano de Beruete, pintor que nos regaló varias instantáneas de principios del siglo pasado a través de sus óleos, de ese perfil de la Sierra de Hoyo tan característico y reconocible desde la lejanía.

Acabamos ese recorrido por la historia de Hoyo de Manzanares con el estudio de los apodos de los vecinos, porque, ¿quién, sino los propios habitantes de un pueblo, son los que crean su propia su cultura?

Porque conocer y reconocer esa cultura es lo que nos da sentido como asociación, seguiremos haciéndonos preguntas, que entre todos, iremos respondiendo. La colaboración entre personas con diferentes puntos de vista y formaciones, con inquietudes diversas  y distintas formas de mirar y expresar, es lo que nos da riqueza. Porque cada piedra colocada por distintas manos, en un trabajo colaborativo, nos permitirá seguir construyendo ese edificio en el que salvaguardar nuestro patrimonio.