Apuntes sobre la antigüedad de nuestros colmenares tradicionales

Apuntes de El Ponderal 1: 7-14

Apuntes sobre la antigüedad de nuestros colmenares tradicionales

Gonzalo de Luis.  Asociación Cultural El Ponderal. Fotografías de Gerardo Gómez García.

Del final del siglo XIII data la primera mención a un lugar llamado Colmenar del Foyo, que muy probablemente fue el origen del actual Hoyo de Manzanares. Pronto se deja de mencionar y surge la de El Hoyo. Exista o no una vinculación exacta entre uno y otro lugar, ambos estaban radicados en la presierra madrileña, una comarca de campos duros y paupérrimos para los cultivos pero que, generosos en plantas cistáceas, reclamaban y aún reclaman el pecoreo de las abejas.

De los viejos pleitos entre madrileños y segovianos se desprende que existía la explotación de la miel, un uso ancestral, una labor agradecida de la que, con pocos medios invertidos, resultaba un alimento prolijo en virtudes y de fácil conservación. El propio nombre de Colmenar del Foyo y el de nuestro vecino Colmenar Viejo, han dejado la impronta de la afectación de estos lugares a la actividad apícola.

El reflejo más evidente de esta industria son los restos de los colmenares que se reparten por nuestro término municipal. El arquetipo propio es un cercado de piedra para albergar las colmenas, unas construcciones rústicas, toscas, pero de soberbia factura, que vienen a ser, quizás, de las más antiguas que conservamos. A pesar de su importancia histórica, a pesar de su evidente antigüedad y su indudable atractivo para el amante de la etnografía local, poco sabemos de su pasado y su datación exacta resulta complicada, por ahora. No obstante, disponemos de fuentes documentales que, si bien de las mismas no podemos colegir datos concretos para todos y cada uno de los restos, sí son aptas para establecer una antigüedad factible de gran parte del conjunto.

En estos breves apuntes expondremos dos fuentes que hemos tratado, conscientes de que hay otras muchas localizadas pero aún no tratadas, e, incluso, posibles veneros de información a la espera de su descubrimiento. Como ejemplo: recientemente, por cortesía de nuestro socio, Juan Manuel Blanco, El Ponderal dispone de una copia de la ingente documentación del Archivo de la Nobleza referida a Hoyo entre los siglos XV y XVIII. Así mismo, en el Archivo Municipal se custodian escrituras privadas de los siglos XVII y XVIII y la administrativa desde mitad del XIX, de la que su responsable, nuestra también socia, Pilar García, no hace más que aleccionarnos sobre su importancia. De toda esta documentación y de la que pueda surgir en otros archivos, es muy posible que encontremos referencias a colmenares concretos que nos sirvan para perfilar con mejor definición su antigüedad.

Es preciso tener en cuenta, antes de nada, que los colmenares no solían considerarse como propiedades independientes, sino que eran anexos de una propiedad mayor. Y aunque hay casos en España de grandes explotaciones apícolas, sobre todo conventuales, lo normal era que sirviesen de aprovechamiento accesorio a una labor principal, un complemento en la economía rural. Así nos consta que debía ser en nuestro entorno. Por ello, no es fácil que podamos encontrar documentación específica sobre los mismos, pues si se transmitían, se gravaban o se arrendaban, era bajo el conjunto de una finca o explotación mayor.

La población de Hoyo osciló entre finales del siglo XVI y mitad del XIX entre los 300 y 450 habitantes. El número de colmenares en este periodo llegó a cifrarse en diecisiete. Traemos a colación estos datos tan primarios para recalcar que no tiene que existir una equivalencia entre población y número de colmenares, sino, en todo caso, entre éstos y la capacidad económica y el entorno natural idóneo. La propiedad del suelo y las explotaciones, aunque queda mucho por discernir al respecto, correspondía mayormente al propietario seglar/lego, y, de estos, a muchos vecinos del cercano Colmenar Viejo. Por ello, no sólo hay que considerar las características socioeconómicas de la población de Hoyo como una referencia del número de explotaciones apícolas, sino también a la del industrioso Colmenar, que ya a mitad del siglo XVIII contaba con más de treinta colmenares.

En el año 1752 se fechan las respuestas generales al interrogatorio para el llamado Censo de Ensenada relativas a nuestro pueblo. A la pregunta 19 sobre si hay colmenas en el término, cuántas y a quién pertenecen, se responde que existen tres colmenares: uno pertenece a don Miguel Cobeña , vecino de la villa de Colmenar Viejo, el cual está al sitio de las Oteras (sic), a distancia de cien pasos de la población y en el colmenar contienen como ciento y cuarenta colmenas; otro, a Felix, el Campanero, vecino de la misma villa, que contiene como ciento y sesenta colmenas, y está al sitio de la Hoya del Pajar; y el otro a don Manuel Rodríguez, procurador de dicha villa de Colmenar Viejo, y está al sitio de Navatornera y en él se contienen como ciento y noventa colmenas, a las cuales no regulan producto alguno en atención a que se deben regular en el domicilio de sus dueños según las ordenes expedidas en este fin. (Versión cortesía de Gloria Tena)

Viñas
Entrada original del colmenar de las Viñas, hoy destinado para el ganado.

De los tres colmenares citados, de entre los conocidos hoy en día, sólo podemos identificar con seguridad el de Navatornera y el de la Hoya del Pajar. El llamado de Navatornera o del Tío Matías, estuvo ubicado en el paraje del mismo nombre, junto al recogedero municipal de ganado. Se empleó como basurero y finalmente se cubrió con escombros, formando un cerrete tristón y desabrido. El de la Hoya del Pajar lo ha identificado nuestro tenaz compañero e inagotable Secretario, Antonio Tenorio, con los restos de un muro en el paraje del mismo nombre donde nace el Manina. El referido al sitio de las Oteras, desconocemos a cuál puede corresponder.

El Censo de Ensenada, prolijo en datos, de minuciosa y larga confección, estaba encaminado a servir de fuente para la liquidación de un tributo denominado Única Contribución, fundamentado en datos estadísticos de bienes y mano de obra sobre los que poder tasar una renta presunta. Desde un punto de vista estrictamente técnico no era desacertado, y desde luego resultaba mucho más justo que los múltiples y caóticos impuestos fijos que soportaba la población, pues lo que se pretendía era gravar al propietario final de la renta. Aunque fue fallido en su propósito tributario, quedó como una de las fuentes históricas más nutritivas de las que disponemos para el siglo XVIII.

A la inefable compañera Gloria Tena, que tan profundamente está investigando nuestro siglo XIX, debo los datos sobre colmenas que se desprenden del amillaramiento, o reparto de la contribución entre los vecinos propietarios del pueblo, entre los años 1854 y 1884. Existían 17 colmenares que albergaban inicialmente un total de 763 colmenas, aunque llegaron a censarse 850, correspondiendo 9 colmenares a propietarios de Colmenar Viejo y 8 a vecinos de Hoyo. Como detalle, decir que el legendario Colmenar del Sevillano pertenecía a doña Saturnina García, y que hoy vuelve a recobrar la vida para la que fue levantado gracias al entusiasmo de nuestro compañero Juanín Santos.

Cuando hablamos de colmenares tradicionales, nos referimos en todo momento a las cercas de piedra que cobijaban las colmenas. En estas dos fuentes históricas citadas se habla de colmenas y colmenares, y debemos entender que las colmenas siempre se guardaban en los colmenares, por cuanto era la forma habitual de proteger la explotación. Sin embargo, en el primer tercio del siglo XX, la apicultura  alcanza un momento álgido con motivo de la escasez de azúcar, y se empieza a desarrollar la explotación a gran escala con las modernas colmenas móviles. Para entonces, ya habían perdido uso gran parte de las viejas cercas. Por eso, los datos que podamos disponer de las explotaciones apícolas a lo largo del pasado siglo no son determinantes como referencia de la vigencia de los colmenares tradicionales, aunque, lógicamente, y como luego veremos, pudieron o tuvieron que levantarse cercas en este periodo.

La desamortización de bienes del común y propios que se desarrolló a lo largo de último tercio del siglo XIX dio lugar al nacimiento de las grandes fincas que todos hoy conocemos, y que muchas de ellas se mantienen en una configuración semejante a la original. Algunos de estos predios se destinaron a recreo, otros, a explotaciones varias, pero en cualquiera de los casos era habitual que se desarrollasen aprovechamientos de menor entidad, aunque fuesen sólo para uso de los empleados o propietarios. Cabe, por lo tanto, que también con este motivo se levantasen nuevas cercas para uso como colmenares.

Así, nos encontramos con dos datos históricos: tres colmenares ya existían en 1752, y 17 en 1854. Por lo tanto, si los tres colmenares que se levantaron antes de 1752 seguían en pie en 1854, significaría que de los otros 17, 14 de los mismos se construirían entre mediados del XVIII y mediados del XIX.

Si tomamos estas fuentes como certeras e inamovibles, es este el largo periodo de datación de los 17 colmenares. Actualmente hemos localizado casi una treintena de cercas en el término municipal, lo que supondría que de la diferencia con los 17, es decir, de entre 10 ó 13 colmenares se construirían en las últimas décadas del siglo XIX o a principios del XX.

Hasta aquí los datos históricos, datos que sabemos pendientes de ser revisados con otras fuentes que complementarán o corregirán nuestros cálculos. Pero, resulte lo que resulte de nuevos descubrimientos, queremos ofrecer unas reflexiones que siempre nos provocarán incertidumbre sobre la antigüedad de los colmenares.

Sevillano
El Colmenar del Sevillano antes de su remodelación.

El Censo de Ensenada, como hemos dicho, era un trabajo preparatorio para la aplicación de tributos, una suerte de base de datos, que diríamos hoy. El sujeto pasivo del tributo sería el propietario, el hecho imponible u objeto de gravamen sería la renta presunta, y el fuero donde se regula esa renta sería el lugar de residencia del propietario, fuera cual fuese el lugar de radicación de los bienes. Por eso, en la contestación a la pregunta 19 que hemos transcrito se dice que se debe regular la renta de los tres colmenares en Colmenar Viejo, donde eran residentes los propietarios, y no en Hoyo.

Consustancial a toda documentación histórica fiscal es el recelo a su fiabilidad. Aunque el Censo se instrumentó con medidas de control y sancionadoras, y se ha verificado en varias ocasiones su solvencia y rigor, no es menos cierto que bien por picaresca y ánimo de fraude, dejadez, equívoco o falta de comprobaciones, no podemos considerarlo como una fuente totalmente incuestionable. Además, tenemos que tener en cuenta que no es lo mismo su aplicación en el cercano e industrioso Colmenar Viejo que en el paupérrimo y reducido Hoyo de antaño. Si comparamos las respuestas dadas en uno y otro lugar, comprobamos la minuciosidad de uno y parquedad del otro que, si bien no es una prueba de fraude, sí lo es de la menor solidez de las respuestas de nuestros ancestros.

Por ello sugiero que los datos del Censo en Hoyo se tomen, cuanto menos, con cierta cautela y pensar en la posibilidad de que existiesen otros colmenares o cercas que, sencillamente, se obviaron en las respuestas, quizás eludiendo la realidad bajo un amparo interpretativo, o en el cobijo de la media verdad de que no eran propiamente colmenares con colmenas, sino instalaciones inespecíficas de usos varios, sin industria adscrita. Lo mismo se podría decir de los amillaramientos del siglo XIX, en los que quizás, no se recogiesen todas las cercas por no imputarse, sencillamente, como bienes aptos para la industria, bien porque efectivamente estaban en  desuso, bien porque su finalidad, para entonces, era otra, como simple cercado de ganado, por ejemplo.

El término de Hoyo, hasta el primer tercio del XIX, fue, a lo largo de los siglos anteriores, territorio comprendido en un extensísimo coto de caza real con epicentro en el Pardo, razón por la cual la Corona indemnizaba a los habitantes por el perjuicio que les causaba, y que, lógicamente, provocó que nuestros ancestros se limitasen sólo a los usos compatibles con la caza ahí donde se les permitía, entre otros, a la apicultura, protegiendo sus colmenas entre altas y robustas cercas de piedra. Es decir, de algo vivirían, no solo de la tan inestable como estimable indemnización real.

Ya con Felipe II se promulgan normas para regular el Pardo y las comarcas limítrofes como cazadero real. En la década de 1750 se procede a cerrar parcialmente el Monte del Pardo, tratando con ello de minimizar, que no de impedir totalmente, que la caza saliese del recinto y reducir el perjuicio que causaba. Previamente, en el año 1740, la Villa de Hoyo renuncia en escritura pública a pedir una mayor indemnización por los daños ocasionados por la caza en el Pardo, pues efectivamente los perjudicados recibían las citadas indemnizaciones por el daño causado que eran continuamente impugnadas. De 1752 data la primera redacción de las Ordenanzas de las Reales Alcaldías del Real Sitio del Pardo, y de 1781 su promulgación, por las que se impone una regulación para el interior de la propiedad real y otra para el vedamiento que lo circundaba, y que abarcaba gran parte de Hoyo, afectando a explotaciones privadas dentro de su campo de acción. El influjo de la protección del monte como cazadero, por lo tanto, ha sido constante en la historia de nuestro pueblo.

Aunque resulta difícil concebir que en pleno siglo XVIII sólo existiesen tres colmenares, podría ser la causa de tan reducido número las prohibiciones impuestas por el vedamiento real, pero ya hemos demostrado en otro lugar (Cuadernos de Estudio nº27, Colmenar Viejo) que casi todos los colmenares tradicionales están localizados en las cercanías del núcleo urbano de entonces y de los caminos, seguramente por estas limitaciones para su ubicación. En definitiva, que la restricción no tendría que afectar al número, aunque sí a la localización.

No, no compartimos que nuestro monte, tan pródigo en piedra con que levantar muros, tan generoso en alimento para abejas, tan limitado para muchas explotaciones extensivas bien por su configuración natural o jurídica, tuviese un censo tan ridículo de colmenares, pues por pobre que fuesen los hoyenses, o precisamente por eso, las colmenas eran un sólido y rentable recurso para una economía de subsistencia. Si damos por válido que hasta 1752 sólo existían tres colmenares propiedad de vecinos foráneos, debemos pensar que nuestros ancestros vivían en unas condiciones que ni siquiera les permitía mantener colmenas en propiedad, o que, pudiendo, eran muy poco industriosos. Pero lo dudamos.

Mojón Galapagar
Mojón que delimita el vedamiento para la caza conforme Ordenanzas de 1781 de Carlos III. Puente Nuevo sobre el Guadarrama. Galapagar.

Entre 1752 (Censo de Ensenada) y los primeros datos de amillaramientos consultados (1854) distan más de cien años, entre esta fecha y el primer tercio del siglo XX, para cuando languidece el uso de los colmenares tradicionales, transcurren siete décadas, sin que conozcamos datos intermedios sobre los que establecer una evolución. Poco a poco podremos completar las piezas del puzle, incluso la datación de algunos colmenares, o la existencia de otros, hoy ignotos o reconvertidos. Sabremos entonces si nuestras conclusiones son prudentes o atrevidas.

A mayor abundamiento sobre la antigüedad de algunos colmenares, cabe pensar en cercas anteriores, muy anteriores al siglo XVIII, con pruebas plausibles, como el caso de los restos que existen en las fincas Casablanca y el Pendolero, hoy comprendidas en nuestro término municipal. Traigo a colación la hipótesis que mantiene sólidamente Antonio Tenorio y que me participa durante la elaboración de este trabajo, y es que pueden tratarse de vestigios del poblado medieval de las Casas de las Paparriellas, población/paraje reivindicado por Madrid frente al Real de Manzanares, “que daba la miel a Madrid  y era y siempre había sido de Madrid”. Así lo trata pormenorizadamente Antonio en un artículo en esta misma revista, con una conclusión que se nos antoja factible e ilusionante, y es que, aunque los restos que nos han llegado no sean los originarios medievales, se constata que hubo colmenares donde tenía que haber colmenares, y así se mantuvieron o sucedieron a lo largo de la historia.

En todo caso, buscar evidencias no resultará una investigación baladí e intrascendente. Los colmenares son uno de los testimonios más antiguos de nuestro pasado rural, por lo que ahondar en su datación, uso, origen, permanencia y pertenencia, nos ayudará no sólo a conocer la economía de antaño, sino a vivificar el actual valor de su presencia.

Fuentes y bibliografía básica:

· Catastro de Ensenada.

· Archivo Municipal de Hoyo de Manzanares. Datos sobre amillaramientos en el siglo XIX obtenidos por doña Gloria Tena.

· Topografía Catastral del término de Hoyo de Manzanares de 1864. (Archivo Nacional Geográfico. Topografía Catastral de España. Hojas Kilométricas.)

· El Catastro en España. 1714-1906. VVAA. Centro de Gestión Catastral y Cooperación Tributaria. Lunwerg Editores. Barcelona, 1988.

· El Catastro de Ensenada y su proceso de formación (1750-1760). Javier M. Donézar Díez Ulzurrun. Revista de la Facultad de Geografía e Historia. UCLM. 1989.

· Colmenar Viejo, 1752, Según las Respuestas Generales del catastro de Ensenada. Edición a cargo de Pedro García Martín. Alcabala del Viento. Centro de Gestión Catastral y Cooperación Tributaria. Madrid, 1991.

· Urbanización y Crisis Rural en la Sierra de Madrid. Manuel Valenzuela Rubio. Instituto de Estudios de Administración Local. Madrid, 1977.

· Los Colmenares Tradicionales de Hoyo de Manzanares. Gonzalo de Luis. Cuadernos de Estudio, nº 27. Asociación El Pico de San Pedro. Colmenar Viejo, 2013.